En mi prisión interior

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Ya me había hablado de ello un sabio anciano hace mucho, mucho tiempo. Me contó que hay momentos en la vida, no demasiados, en los que de repente todo se empieza a encoger, los espacios exteriores, es como si te metieran en una máquina de hacer el vacío, y te quedas inmóvil, bloqueado, te falta el aire, te constriñes… de hecho es así como te sientes, vacío. Es parecido a la postura fetal, sólo que en esta ocasión parece no existir esa conexión con otro ser como es la madre, no hay cordón umbilical y tampoco existe la placenta en la que descansar y flotar aunque sea encogido.

Dijo el sabio que cuando llegara ese momento entendería perfectamente de lo que me estaba hablando y me advirtió que podría sobrecogerme una enorme claustrofobia emocional y espiritual. Mirándome fijamente a los ojos, insistió con la palabra “paz”, repitiéndola de manera pausada y distanciada como un mantra que al sonar generaba precisamente esa sensación de verdadera y genuina paz.

Estarás contigo, y no es fácil amigo, y por favor, no vuelvas a llamarme sabio, llámame amigo o hermano. Te darás cuenta de que no existe el tiempo, la edad ni el espacio, de hecho la vida se ha visto obligada a confinarte de esta manera para que entiendas esta liberadora idea.

Hubo un gran silencio y una mirada serena, profunda entre ambos y tras una cálida sonrisa me dio un abrazo, de esos que no se despachan ni incomodan, de los que no guardan distancias, en los que los cuerpos se funden y el alma se hace una. No sé cuánto tiempo estuvimos así abrazados, pero más de cinco minutos seguro. Al ser nuestra alma una, me pareció darme cuenta de que aquello que algún día me ocurriría y que ahora no era capaz de entender, iba a producir un encuentro conmigo mismo, con mi verdad, tan doloroso, que necesitaría ese abrazo para mi cura en el hospital del alma.

Mi amigo y hermano me explicó que en ese lugar y estado tan incómodo daría lo que fuera por salir, no corriendo, sino volando, salir para buscar a los otros para tocarles, sentirles, besarles y abrazarles. La idea en sí de no poder salir de mí y la frustración y rabia que sentiría me podían hacer creer que me estaría volviendo loco y que no me quedaba más que dejarme morir y ahogar por mí mismo. Pero que eso ni siquiera sería posible…

Me dijo, no te extrañes si pasas dos tres cuatro o hasta cinco semanas hasta que recuerdes esto que te estoy contando. Entonces, y espero que así sea, despiertes, eleves tu mente, tu espíritu y veas lo importante, maravilloso, magnificente y bello de ese indeseado estado de habitarte, observarte, encontrarte, reconocerte, abrazarte, descubrir tu verdad y sobre todo hermano, de amarte. Será complicado cambiar el paradigma en las entrañas de tu alma, pasarás de buscar el amor y la aprobación en los demás afuera, como un yonqui emocional, a encontrar el amor en ti.

Y será en ese preciso momento en el que veras por fin un finísimo hilo de luz celeste que sale de tu cuerpo hacia fuera, y como ocurrió cuando estabas en el vientre materno, te sentirás, ya no atrapado, sino cuidado, amado, seguro, flotando. Empezaras a notar como esa tensión y estrechez física se van soltando, te irás liberando de ti mismo para ser verdaderamente tú. ¡Qué desafiante contradicción! El sabio, perdón, el amigo y hermano, entonces hizo una pausa para dejar que mi ser asimilara, absorbiera y comprendiera todo esto que me acababa de decir. Me pareció como si estuviera haciendo alguna especie de oración, porque aunque no lo comprendí, sentí algo a nivel espiritual y en mi subconsciente. Ahora sé que la enseñanza se había guardado en el disco duro de mi alma para poder recurrir a ella cuando llegara el momento.

Y en medio de mi vida, después de haberme reinventado en varias ocasiones, de haber atravesado situaciones que yo creía extremas, duras y dolorosas. Después de sentirme resucitado en más de una ocasión. Después de volver a crear, de volver a creer, de escribir libros, componer canciones, de ir de acá para allá en una, posiblemente huida de mí mismo, después de emborracharme de la vida, de viajar, experimentar, hacer el amor entre comillas…

Llega el silencio de Bruno, papá se va y empiezo a sentir el vacío, un vacío consistente e inconsistente, de esos que penetran y te hacen cuestionarlo todo. Aún así parece no ser suficiente para llegar a mi prisión interior, tiro de mis recursos, de mi fe, y atravieso con éxito el duelo, un duelo que no era más que la antesala de mi prisión interior.

Pero hoy por fin, durmiendo y entre sueños me desperté y recordé aquel archivo en mi disco duro del alma y me envuelve una aplastante sensación de paz que me ayuda a encontrar ese archivo, esa enseñanza. Comienzo a despegarme del molde, a renacer, quizás es algo más parecido a una metamorfosis. Veo ese hilo de luz intensa celestial y divina que me recuerda que no estoy solo, que estoy conmigo y que Tú, como siempre lo has hecho, Tú estarás conmigo. Ahora ya sé porque yo llamaba sabio a mi amigo.

© Alberto Rodrigo 24 abril 2020

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