ME RINDO

Creo que la verdadera espiritualidad es saber estar donde se está, es decir, saber vivir con fe, esperanza y amor, sean cuales sean las circunstancias externas (las que nos rodean), y las internas (las que nos contienen).

Porque no sólo hay tormentas fuera de nosotros, también hay tormentas internas que asustan con sus truenos, pero que a la vez iluminan con sus relámpagos y que nos empapan y nos sacan de lo que sea que estemos haciendo.

¿Pero y si miráramos a esas tormentas con amabilidad y comprendiéramos su propósito? Quizás nos daríamos cuenta de que no son más ni menos que momentos de parada, de observación, momentos mágico y poderosos. Un grito de la naturaleza queriendo decirnos algo, unos rayos que se gestan precisamente en las nubes que no nos dejan ver temporalmente el sol, pero que se precipitan hacia nosotros con autoridad, con fuerza, colocándonos en el lugar más adecuado para crear y crecer: La HUIMILDAD.

Porque no sólo hay desiertos geográficos en el planeta en el que vivimos, también hay desiertos internos, únicos y especialmente diseñados para cada persona. Desiertos exclusivos en los que se hace muy difícil caminar, es hace muy pesado, perdemos las fuerzas e incluso las ganas de tener más fuerzas. Nos sentimos solos, cansados, hastiados, tristes, incomprendidos, derrotados pero no destruidos.

Desiertos en los que la sed llega al extremo en el que nos va la vida el beber. Es entonces cuando nos damos cuenta de nuestra sequía, despertamos y corremos desesperadamente con la esperanza de encontrar la fuente de agua viva.

La verdadera espiritualidad también consiste en saber estar con uno mismo y con los otros, pero de esto hablaré otro día…

De momento me hago estas preguntas: ¿Qué tal me llevo con mis tormentas y mis desiertos? ¿Realmente sé ESTAR donde estoy y VIVIR el momento que vivo?

Mi única respuesta es que para ello sólo consigo ver un camino y una salida: la rendición como única puerta a la redención. Morir como la antesala del renacer.

Así que me rindo y con fe y humildad prosigo mi camino, el CAMINO.

Alberto Rodrigo.

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