Mamá (maestra)

Finalmente decido volver, volver a casa, al hogar. Pero antes me paso a ver a mamá y hacemos algo que nunca habíamos hecho antes juntos: tejer. Es mágico, al  principio me tiemblan las manos al hacer algo que ella ha hecho de manera magistral durante toda su vida. Me impresiona ver que aún sabe tejer, que se acuerda y que lo sigue haciendo muy bien.

Después, en su cuaderno, dibujo un corazón, un sol y unas nubes, para que ella lo coloree. Parece una niña a sus casi noventa años, es hermosa, tiene luz en sus ojos, y cuando sonríe, es como si se limpiara el mundo. Su mirada no sólo me atraviesa, siento que también atraviesa todo aquello que sucede afuera y que nos distrae. Ve más allá de lo que mis ojos son capaces de ver, y eso hace que mi mirada también se limpie.

No oculta nada en ella, se deja ver, de repente se convierte en mi maestra del contacto visual que tanto me gusta hacer. Esa mirada a la vez contiene dolor, el dolor de toda una vida. El dolor de ser madre, de ser mujer, de haber sido esposa, el dolor del SER. Y es que no hay vida sin dolor. Huimos del dolor, y por lo tanto huimos del ser. Un dolor en su justa medida para hacernos renacer, sentir, creer, crecer, VIVIR.

Y esa sonrisa tierna, infantil y pícara que mamá regala ante cualquier comentario gracioso, o cuando me pongo a hacer tonterías y me observa mientras bailo, canto, salto o hago el bobo. Su sonrisa no tiene precio, no puede tenerlo, porque nada hay tan maravilloso y que me haga tener tanta fe, como es ver la sonrisa de MAMÁ, con mayúsculas.

Y ahora, sentadita en tu sillón junto a la ventana y con mucha dificultad de movimiento, te recuerdo moviéndote por toda la casa sin parar de acá para allá. Limpiando, ordenando, organizando, cocinando, para dejar todo listo antes de ir a trabajar. Maestra, sí, esa era tu profesión y sigue siéndolo, porque sigues enseñándome cosas. Maestra de infantil, ¡qué curioso! Ahora entiendo la importancia de ser como niños para entender lo que significa VIVIR.

Con cierta dificultad, pero con alegría y dedicación, coloreas las tres figuras que he dibujado en tu cuaderno.

¿De qué color pintamos el corazón, mamá? – ¡Pues de rojo!- contesta ella.¿Y el sol? -¡Amarillo!-, afirma.

Le señalo las nubes, le cuesta más contestar de qué color hay que pintarlas. Se queda pensativa y por un momento pienso que su demora en responder no tiene tanto que ver con que no reconozca el objeto que es, (dibujo muy mal), más bien creo que se detiene a pensar en las nubes que ha soportado a lo largo de su vida, en las sombras.

-¡Azul!- dice casi gritando. Debería de ser blanco, pero mamá siempre ha sabido ver más allá de las nubes y ver el azul del cielo iluminado por el sol. Así que pinta las nubes de azul.

Cuando la observo con admiración coloreando esos tres objetos, pienso en la fórmula de la vida: Amar (corazón), es decir, iluminar (sol) nuestro dolor y nuestras sombras (nubes), para llegar a ser aquello a lo que hemos sido llamados y creados.

Antes de marcharme la beso tierna y repetidamente. Le miro de frente, fascinado por su presencia, por su elegancia, su dignidad, su fortaleza, su vulnerabilidad, su alegría y su serenidad. Y me doy cuenta de que no existen las palabras que puedan expresar todo lo que piensa y quiere decir. Es por eso que se las inventa y pronuncia eso que los médicos llaman ecolalias. Así que sólo dices lo que tienes claro y es muy evidente para ti.

Mamá, ¿cómo se llama el tipo de punto que hemos tejido? – ¡Punto bobo! Contesta ella. Y no es que me esté llamando bobo a mí, es que el punto se llama así.

¿Quién te quiere, mamá? – ¿pues tú! – dice en voz alta y riéndose.

Al despedirme me dice – ¿No te importa que no te acompañe a la puerta verdad? – ¡claro que no, te quiero mamá! (para ella levantarse de su sillón y caminar hasta la puerta sería como subir al Everest, y a veces lo hace).

Existe la puerta hacia la vida. Cuando salí de ti no sabía a dónde venía ni para qué coño (nunca mejor dicho) llegaba a este mundo con tu dolor y mi llanto. Pero ahora lo he entendido, creo que estoy aquí para amar, para alumbrar mis sombras y las de otros, para tejer, crear lazos, para unir, reunir, ser comunidad. También para atravesar el dolor con fe y esperanza.

© Carolina (Alberto Rodrigo). 4 febrero 2022

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